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Cambiar de atmósfera

Hacía mucho tiempo que no había leído nada bueno, pero extrañaba leer como vocación tanto como extrañaba los árboles que se divisan desde el tren rumbo al sur en el verano, en mi país. Tampoco sabía de qué se trataba eso de matar al autor. Sin embargo, de vuelta a lo de leer o, a lo homicida, siempre había querido participar en algún libro, cualquier libro de mi escritor favorito del momento. Pero, como digo, había dejado de leer. Trabajaba de noche. De día andaba muy triste para leer.

Entonces, en ese tiempo casi perdido, hubo una vez un día de los soleados en que mi amiga, Cerina, me invitó a la fiesta de cumpleaños de un tipo amigo suyo, en la ciudad de Willimantic. Era una casa bonita; entramos por la puerta de la cocina como se acostumbra, que es algo que me había parecido tan irónicamente ridículo por tantos años, que ya ni siquiera lo notaba; en todo caso, la cocina estaba limpia, vacía, libre de ollas en el lavaplatos y revoltijo en el mesón, lo que me pareció estupendo. Recuerdo que el tipo era un cocainómano simpático, de pelo rojizo y crespo, nariz afilada, delgado– desde luego– que vestía de terno gris cada vez que lo veía entrar en la tienda de mi amiga y, además de saludar a la gente con entusiasmo, parecía llevar a todas partes un cartucho de dulces que compartía amigablemente. Seguro que es por eso que decidí aceptar la invitación al cumpleaños, aunque en esos tiempos, no había nada de raro en ir a cualquier lugar así, a veces sin conocer a nadie, sólo porque alguien te lo había dicho y vagamente, se sabía que habría música y algo que celebrar. Para mí era lo de los dulces que compartía liberalmente, por lo cual me caía bien el tipo, y por lo cual fui a la librería a buscar un libro que regalarle. Y encontré a mi autor favorito, claro que en inglés.

Nos sentamos en la sala de– llamémosle Michael, porque creo que ese era su nombre y porque, a decir verdad, no soy de las que se siente cómoda refiriéndose a un personaje como “el tipo” por mucho tiempo, aunque sea en un cuento completamente ficticio. Soy consciente que mi voz se pasa, como por un tamiz mojado, al texto, por lo cual no me dura mucho ese tono de voz que le puede llamar El tipo al personaje, no por el cuento entero. En la sala nos sentamos mi amiga y yo en un sofá blanco de franjas café, mientras la novia de Michael le separaba unas líneas sobre la mesa de vidrio con un cuchillito dorado, probablemente un cortapapeles, que a mí me pareció un detalle adorable. Esa era toda la fiesta de cumpleaños. Había vino, o tal vez cognac en vasos grandes, galletas de chocolate en platos blancos. Vi un papel de envolver y unas cintas rojas entre otra parafernalia de la época; le entregué a Michael mi regalo.

“For me? Thanks, I love presents!” Michael me agradeció y abrió inmediatamente su regalo, echando el papel y la cinta dorada sobre la mesa, donde su novia lo recogió todo y lo dobló cuidadosamente. “Corta-zAr?” preguntó Michael. “I don’t know this guy. What’s it about?”

“It’s about…” comencé, considerando cómo describir  los cuentos de cronopios y famas. Cortázar vivía en París, todavía vivía entonces y yo soñaba con escribirle una carta algún día. Les dije algo a todos, acerca del libro, mientras Michael leía con interés la contratapa y se comía un dulce que le estiraba la mejilla derecha como una ardilla. “Want a bon bon?” me ofreció uno de sus cartuchos de papel blanco, una bolsita de papel de esas que se usan en las confiterías, alcanzándomela. “These are good,” declaró, cogiendo otro cartucho para echarse un chocolate inmenso a la boca.

Mi amiga se sirvió un poco del licor café que resultó ser oporto muy fino, en seguida preparándose a aspirar cuidadosamente una línea de coca. Mordí el chocolate que saqué de la bolsa, tratando de que el relleno cremoso no se me derritiera en los dedos. “You have to pop the whole thing in your mouth,” me advirtió Michael con la boca llena. “Here, have one of these,” me dijo cambiando de bolsas conmigo. Los otros chocolates eran iguales. Recuerdo que me eché a reír, preguntándome si a alguien más le parecería divertido comprar dos bolsas de chocolate exactamente iguales. Alguien cambió el disco.

Como por acuerdo nos levantamos del sofá, Cerina y yo, para ir a sentarnos junto a la ventana que daba a la calle y a la franja de césped de la entrada. Era un asiento largo con tapiz amarillo donde nos acomodamos a mirar el atardecer. Los árboles de la vereda parecían centinelas en hilera, la casa envuelta en el verdor de sus ramas, la vista amplificada por los cristales ligeramente cóncavos desde donde mirábamos. Cerina me ofreció el porro que fumaba, mientras aguantando la respiración tarareaba junto con Santana, Oye, cómo va, antes de soltar todo el humo en una bocanada larga. No quise fumar, prefería experimentar sólo un high a la vez. Me quedé siguiendo la luz de la tarde que se esfumaba, las notas de la guitarra eléctrica que se doblaban en la atmósfera. En un estante sin libros había una colección de pesapapeles, globos de vidrio que al agitarlos animaban la nieve sobre la ciudad en miniatura de su interior.

“Nací en diciembre,” me contó, sin que se lo preguntase. “Mis padres me llamaron Cerina por el nombre en una caja de fósforos,” Jamás me olvidaría de su nombre, una imagen se quedaría flotando, la pequeña llama de un fósforo italiano en un invierno de Connecticut y sus padres, dos inmigrantes que no hablaban inglés.

De a poco, las olas de tiempo nos llevaron de vuelta a sentarnos en el sofá de franjas café alrededor de la mesa de vidrio. Había llegado un grupo de dos o tres conocidos trayendo más regalos de cumpleaños— pequeños presentes de substancias intoxicantes. La noche se hizo densa y comenzó a pasar demasiado rápido. Pensaba en irme, en caminar lentamente por las calles quietas de Willimantic rumbo a casa. De repente, Michael estalló de risa. Estaba hojeando el libro de Cortázar y finalmente se había fijado en la inscripción que yo le había escrito:

Happy birthday, Michael! Hope you enjoy my latest book.

Julio.

Cerina me sonrió. “Nunca sé lo que estás pensando” me dijo.

“Echo de menos a mi país, eso es todo.”

“¿De veras? Yo creí que ya te habías acostumbrado.” Cerina me ofreció el porro y esta vez lo cogí entre los dedos. Otras carcajadas irrumpieron. Alguien preguntaba quién era Corta-zAr y por qué era tan divertido. Por el rabillo del ojo me pareció ver un ser diminuto y verde que se escondía bajo la mesa de vidrio, haciéndome señas que no lo delatara. Seguro que era mi Cronopio, el que había perdido después de tantos años de vivir en Nueva Inglaterra.

“Ven”, le dije a Cerina, “te voy a enseñar a bailar tregua y catala”. En efecto, la música subía de volumen y era hora de moverse. Sentía una sensación elástica en los brazos y las piernas, juventud, el tiempo que pasaba.

La noche, que había caído de lleno, se detenía en pozas de lluvia. Me había ido de la fiesta horas antes de la madrugada, ocurrencia insólita en esos tiempos, caminando sola por las veredas quietas bajo el haz de los faroles. Detrás mío, de vez en cuando, aparecía una sombra, una sombra pequeña con brazos y piernas de libros y memoria.

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